Woody Allen, 50 años haciendo “siempre” la misma película (II)

Personaje       Películas       W. Allen hoy

Curioso cartel polaco de Zelig, de Woody AllenQue levante la mano quien, aun habiendo sido admirador suyo, no ha llegado en algún momento a estar «agotado» de Woody Allen. Lo hago yo el primero, sobre todo porque mi revalorización del cineasta se ha producido a partir del Allen que ya parece haber cansado definitivamente a la crítica, el de ahora mismo, ese ancianito que se empeña en hacer películas que, por mucho que lo disimule con algún barniz aparente, ya hace bastante tiempo que tiene «poco» que decir. Es curioso que se diga esto cuando, desde que el cineasta de Brooklyn abandonó la seguridad de su amada Nueva York y se puso a pasear por el mundo (o por otras ciudades norteamericanas), su cine creo que ha alcanzado una falta de concesiones verdaderamente admirable que hace que, ahora mismo, haya pocas citas recurrentes en cine que uno espere con más ganas que la (anual) con Allen. Pero hay que reconocer que sobre esos 50 años de carrera —caso único en la historia en que una filmografía ha tenido la ocasión de ser tan conocida: hay directores con más películas, pero de muchas de ellas no queda sino el nombre, como es el caso del mismísimo John Ford— sigue quedando la impresión de la que hablaba en la primera entrega de este artículo: la sensación de que lo conocemos todo de Allen. Pues bien, yo señalo lo contrario, y lo he experimentado personalmente, cuando he repasado títulos que ya conocía y descubierto otros que había descartado (¡porque en mi petulancia pensaba que no me sorprenderían!), revalorizando una filmografía que, con sus altos y sus bajos, me parece admirable. Y en la que se observa una perpetua ansiedad, precisamente, por no repetirse, como ahora voy a detallar con ejemplos concretos.

Seguir leyendo

Publicado en Woody Allen | Etiquetado , , , , , , , | 2 comentarios

Woody Allen, 50 años haciendo “siempre” la misma película (I)

Personaje      Películas        W. Allen hoy

Inimitable Woody AllenLos tópicos cinéfilos siempre han tenido siete vidas. Una galería básica de ellos hablaría de John Huston como el ilustrador por excelencia del mito del perdedor, de Howard Hawks y la guerra de sexos o la reivindicación del profesional, de Federico Fellini y el circo, de Ingmar Bergman y el drama existencial o de Kubrick como el gran «dignificador» del cine de género. Pues bien, el que toma el nombre de Woody Allen nos lleva diciendo, desde hace muchas décadas, que siempre hace la misma película. Y hablamos de un hombre que debutó como realizador en 1969 y que ha mantenido desde entonces una carrera ininterrumpida con una media casi de una película por año, hasta acumular, ahora mismo y después del estreno de la muy reciente (y muy estimable) Café Society (2016), la cifra de ¡46 realizaciones! Y, como todos los tópicos y etiquetas de este mundo, no deja de tener una parte de razón: la incuestionable verdad de que Allen es un cineasta con un muy reconocible mundo propio, que durante muchos años (hasta que envejeció y dejó de ser su principal actor protagonista) se tradujo a través de un personaje que todos hemos dado por sentado que era él mismo y que expresaba todas sus particulares inquietudes sobre la vida y la muerte, el amor, el sexo, la religión o la cultura (incluyendo sus dos grandes y conocidas pasiones, el cine y el jazz). Sin embargo, en mi opinión (y no descubro nada: antes que yo lo han señalado magníficos críticos como Tomás Fernández Valentí), la gran cualidad de Allen es su encomiable propósito de ensayar nuevas direcciones formales, temáticas, visuales y argumentales quizá porque, teniendo muy presente la tentación de la repetición a que tendía su cine, ha rehuido desde siempre la monotonía.

Seguir leyendo

Publicado en Woody Allen | Etiquetado , , , , , , , , , , | 1 Comentario

En Homonosapiens: El nadador, de John Cheever a Burt Lancaster

Burt Lancaster en El nadador, fotograma de la película

El nadador, de John Cheever a Burt Lancaster

Publico este mes en la revista digital Homonosapiens un artículo que une un magnífico cuento del estadounidense John Cheever con su adaptación cinematográfica (poco conocida pero muy estimable). John Cheever (1912-1982), a quien Santa Wikipedia define como «el Chejov de los barrios residenciales», fue un extraordinario escritor, por desgracia sin la relevancia mitómana de otros autores norteamericanos del siglo XX como Ernest Hemingway, F. Scott Fitzgerald o Jack Kerouac, por mucho que compartiera con muchos de ellos su inclinación al alcoholismo, su inconformismo y su deriva existencial. Más que por sus novelas, Cheever es recordado por sus cuentos, muchos de los cuales los publicó en la famosa revista The New Yorker. Uno de ellos, El nadador, vio la luz en estas páginas en julio de 1964. Su trama es sencilla, incómodamente sencilla: un buen día del verano, Neddy Merrill, un hombre maduro pero todavía en muy buena forma, encantador, carismático, decide realizar la curiosa «proeza» de atravesar el acomodado barrio residencial en el que vive, de piscina en piscina, hasta su casa. En apariencia, el relato cuenta la historia del clásico triunfador que hace alarde de su plenitud de un modo tan absurdo como exhibicionista. Sin embargo, a lo largo de la muy breve extensión del cuento, Cheever va introduciendo pequeños matices que van haciendo germinar en el lector la sensación de que las cosas no son lo que parecen estar contándonos: y una ambigua pero progresiva inquietud acabará revelándonos que la verdad sobre Neddy Merrill dista mucho de ser lo que parecía.

Seguir leyendo

Publicado en Del libro a la pantalla, Homonosapiens | Etiquetado , , , | 4 comentarios

La ciencia ficción de H. G. Wells

La máquina del tiempo, en Anaya Tus LibrosEn el año 1895, un joven aspirante a escritor llamado Herbert George Wells, después de un intenso trabajo de apenas dos semanas, entregó a la imprenta una novela titulada La máquina del tiempo, en la que inmortalizó el que habría de ser desde ese mismo momento uno de los arquetipos por excelencia de la ciencia-ficción. A continuación, y en el curso de un prodigioso lapso temporal increíblemente corto, Wells añadiría un fabuloso conjunto de novelas que conformarían los cimientos del género: La isla del doctor Moreau (1896), El hombre invisible (1897), La guerra de los mundos (1898) o Los primeros hombres en la luna (1901). La ingeniería genética y el dilema ético que provoca, el descubrimiento de la invisibilidad, la invasión de los extraterrestres por excelencia, los marcianos, y un viaje a la luna que nos pone en contacto con una civilización selenita, son los temas que Wells abordó en dichos libros que hoy día son los más conocidos de su obra, en especial los cuatro primeros (no por nada, todos fueron publicados en la inmortal colección Tus Libros de la editorial Anaya). Wells tendría una vida larga y una carrera muy prolífica, pues moriría en 1946, con tiempo por tanto para vivir dos guerras mundiales —el gran pesimista que se intuye tras esas novelas supongo que no se extrañó nada de su estallido—, pero hoy día se le recuerda por sus primeras ficciones. ¿La razón tal vez consiste en su progresivo apartamiento del género en que veló sus primeras armas, en beneficio de una literatura de contenido social, más acorde con la evolución de sus inquietudes políticas? A Jorge Luis Borges, el más eminente de sus defensores, nunca le cupieron dudas acerca del segmento de su carrera en que se encontraban sus obras más perdurables, y a ellas dedicó un ensayo, «El primer H. G. Wells», contenido en su libro Otras inquisiciones, donde escribió a propósito de aquellas novelas: «Son los primeros libros que leí; tal vez serán los últimos…».

Seguir leyendo

Publicado en H. G. Wells | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

El péndulo de Foucault, la novela “oculta” de Umberto Eco

Primera edición española de El péndulo de Foucault, en LumenEs posible que sea un mecanismo de defensa con el que intentamos salvar nuestra (presuntuosa) independencia como lectores: juzgar con inmensa severidad la segunda obra de un autor cuyo primer esfuerzo saludamos con una generosidad que luego nos hemos preguntado si no fue excesiva. Algo parecido creo que sucedió con El péndulo de Foucault (1988), la segunda novela de Umberto Eco, publicada ocho años después de aquel éxito extraordinario que fue El nombre de la rosa y que, allí donde esta generó adhesiones sin límite, fue recibida con una completa gelidez. Todo lo que en la primera se aprobó sin reservas, comenzando por el despliegue de erudición —incluso se le perdonó la cuantiosa inclusión de citas en latín (sin notas traductoras, como en ediciones posteriores)—, en esta mereció que al escritor se le tildara de pedante sin límite. Yo mismo, sugestionado por la mala fama del libro, me había resistido a leerlo hasta ahora, pese a mi predilección por su primera novela. Es más, teniendo en cuenta que a raíz de su fallecimiento en febrero de este 2016 las librerías se apresuraron a poner sus libros en lugar destacado, en Málaga al menos he tardado varios meses en encontrar un ejemplar. Concluida la lectura, es evidente que no estamos ante una novela genial, pero desde luego sí frente a un libro que durante muchas páginas proporciona enormes placeres y que tiene la virtud (como todas las novelas que conozco de Eco, y este es seguramente su gran mérito) de abrir el interés por muchas otras facetas de la creación humana.

Seguir leyendo

Publicado en Miscelánea de literatura | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

De Alan Ladd a Clint Eastwood, de Raíces profundas a El jinete pálido

Alan Ladd, Shane, con el cielo azul de technicolor a sus espaldas

Un cow-boy de misterioso pasado que se intuye muy agitado ayuda a una pequeña comunidad contra un poderoso cacique que pretende expulsarlos del territorio con su ejército de brutales sicarios. Esta historia ha sido contada muchas veces, pero quizá la versión canónica por excelencia, y la más amada por un grupo nada desdeñable de cinéfilos, fue titulada en España Raíces profundas (1953). Su imagen iconográfica es la de un pistolero rubio con una camisa de flecos y un niño rubísimo que lo contempla embelesado, que ya ha decidido que ese individuo fascinante puede más que su padre y que todos los hombres juntos. El pistolero era Alan Ladd, actor que aunque hoy parezca tontería, en su día recibió la inaudita fama de que era un actor casi diminuto, al que siempre había que encuadrar de tal modo que no se le vieran los pies, para disimular su escasa altura. Nunca olvidada, insólitamente esta película recibió tres décadas más tarde el homenaje más inesperado. Un homenaje que procedía del último icono del western, Clint Eastwood —un nombre detestable para muchos cinéfilos que no admitían la validez de la variante europea del género que lo convirtió en estrella del cine: encima, era Harry el sucio y un notorio derechista (en la jerga de muchos, ya se sabe que esto es sinónimo de fascista, y el que proteste, es porque también lo es)—, un hombre hoy consagrado como el último director clásico de Hollywood pero cuyas incursiones en la dirección entonces solo se consideraban caprichitos de divo. En 1985, Eastwood filmó una muy particular variante de aquella película con el título de El jinete pálido, con la que comenzaría a ganarse un respeto como realizador. Comparar ambas películas es apasionante: aparte del magnífico rato que se pasa devorándolas, descubrir sus diferencias tanto como sus vasos comunicantes es un grato ejercicio de comparación cinéfila entre épocas, tendencias, actores y formas de narrar. El resultado es un triunfo del cine. Seguir leyendo

Publicado en Make and Remake, Territorio western | Etiquetado , , , , , | 7 comentarios

Los robots de Isaac Asimov

Primera Ley. Un robot no puede dañar a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sea dañado.

Segunda Ley. Un robot debe obedecer las órdenes dadas por un ser humano, excepto cuando tales órdenes entren en conflicto con la Primera Ley.

Tercera Ley. Un robot debe proteger su propia existencia hasta donde esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.

Las Tres Leyes de la Robótica, por Isaac Asimov

La entrañable edición de Los robots de Asimov por Martínez RocaEn el número de marzo de 1942, la revista Astounding Science Fiction, entonces bajo la dirección del mítico John W. Campbell, publicó un relato de un joven escritor cuyo nombre delataba su origen ruso, Isaac Asimov. El cuento, titulado Círculo vicioso (Runaround), giraba en torno al peligro mortal a que un par de operarios sobre la superficie de Mercurio se ven sometidos por el aparente malfuncionamiento del robot del que depende su seguridad, que parece haber perdido (hablando en términos humanos) la cabeza. El problema, acaban descubriendo, es que el ser mecánico, debido a la particular naturaleza de la superficie mercuriana, se ha visto sometido a un dilema irresoluble por culpa de las tres leyes que todos los robots llevan insertadas en sus avanzados circuitos con el fin de impedir que puedan hacer daño al hombre. Con el tiempo, Asimov habría de convertirse en uno de los escritores más populares del género, pero él siempre manifestó que su gran orgullo era, precisamente, haber imaginado esos principios que otorgaron un baño de realismo a un tema, el de la inteligencia artificial, que hasta entonces solía desarrollarse bajo el unidimensional esquema de la máquina que se rebela contra su creador, en el sentido del primer ser artificial de la literatura, el monstruo de Frankenstein. Él no dejó de repetir cómo los científicos le habían señalado en más de una ocasión lo muy sensata que sería la aplicación real de esas Tres Leyes en el inevitable momento en que los robots dejaran de ser una mera especulación literaria. De hecho, descubriría con el tiempo que él era el acuñador de un término hasta entonces inédito que hoy ha hecho carrera: «robótica».

Seguir leyendo

Publicado en Ciencia-ficción | Etiquetado , , , , , | 8 comentarios

Los tres mosqueteros en la Metro: cuando D’Artagnan fue un bailarín

Cartel español de Los tres mosqueteros, de 1948Debo a tres películas el haber considerado durante muchos años (y seguir haciéndolo todavía, en cierto modo) como la quintaesencia del cine de aventuras los films de espadachines en Technicolor y de la Metro (en mi caso, además, con el peculiar sabor sonoro que les otorga el maravilloso conjunto de voces antañonas que dirigía José María Ovies en Barcelona para adaptar al español las películas del estudio del león): El prisionero de Zenda (1952), Scaramouche (1952) y el título que nos ocupa: Los tres mosqueteros (1948). A las características señaladas hay que unir otra que las recorre nada subterráneamente: un vitalismo contagioso, una sensación de alegría y dinamismo que hacen que terminemos el visionado de estos títulos con una sensación de dicha inmensurable, con una sonrisa cómplice de oreja a oreja. En el caso de Los tres mosqueteros, sin duda nos hallamos ante la mejor expresión cinematográfica de la novela de uno de los reyes de la narración, el francés Alejandro Dumas (el único escritor del mundo, junto con el francés Julio Verne —que, no por nada, comenzó su carrera bajo su amparo— que exige la castellanización del nombre), una obra maestra cuya capacidad para fundir lo histórico, lo distendido y lo trágico, sin más coartada que el puro placer de contar, ha conseguido convocar a tantas generaciones de lectores. Cierto que el film no puede aspirar siquiera a igualarse con el libro, pero no encuentro mejor complemento a su lectura (que, por cierto, siempre recomendaré bajo la espléndida traducción de Mauro Armiño para la inolvidable colección Tus Libros, de Anaya).

Seguir leyendo

Publicado en Tiempo de aventura | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

En Homonosapiens: La historia interminable o El cuento de nunca acabar

La Vetusta Morla de La historia interminable, película

La historia interminable o el cuento de nunca acabar

Nunca dejaré de tenerle un enorme cariño a La historia interminable. Recuerdo haberla leído con voracidad en el momento seguramente más inoportuno para dejarse devorar por una lectura: en una semana de exámenes de primero o segundo del antiguo BUP, muy de madrugada, después de haber puesto el despertador para tratar de corregir con un atracón final de memorización la falta de trabajo de todo el trimestre. Supongo que me sentía un poco como Bastián, el niño protagonista de la historia, leyendo un libro fascinante casi de modo clandestino, atrapado por su historia sin poder soltarla. Y cómo no iba a envidiar la posibilidad que tenía Bastián de introducirse dentro de ella, del reino de Fantasia, y convertirse en su paladín, reformulando incluso su apariencia física, cuando a mí también me aguardaba en el llamado mundo real una perspectiva nada agradable, que el reloj de mi mesilla de noche se empeñaba en recordarme a cada vistazo que le echaba: la hora del examen. Si hay lecturas infantiles y adolescentes que uno renueva en la edad adulta, descubriendo nuevos matices, y hay otras que desecha porque encerraban, aunque entonces no lo advirtiéramos, fecha de caducidad, también cabe hablar de obras que nos atraparon en su momento pero que, rescatadas tiempo después, dejan entrever considerables grietas, sin que aun así consigan derruir del todo el edificio que construyeron en nuestra memoria. Pues la memoria también debe ser agradecida.

Seguir leyendo

Publicado en Homonosapiens | Etiquetado , , , | 2 comentarios

El inquietante talento de Mr. Ripley (II)

I          II

A pleno sol (1960)

Cartel francés de A pleno solLa buena repercusión de The Talented Mr. Ripley en Francia (en Europa, la autora siempre ha sido especialmente bien acogida) desembocó en su traslado al cine, si bien bajo el rebautizo de A pleno sol (aunque sospecho que el cambio del título procede de la edición francesa del libro), que constituyó uno de los estrenos de mayor éxito de su momento, lanzando al estrellato a su joven protagonista, Alain Delon. El film fue elaborado en uno de los momentos de mayor ebullición del cine galo, justo cuando arrancaba la nouvelle vague. Hace ya muchos años, en un artículo excepcional que siempre ha sido uno de mis escritos de cabecera sobre cine, el gran crítico José María Latorre, se maravillaba de cómo esta película (indudablemente clásica en el sentido industrial y narrativo, sin nada de esa espontaneidad que tanto reclamaban los Godard, Truffaut o Rohmer), parece impregnada de esa alegría que envuelve los primeros títulos de estos jóvenes contestatarios que creían estar reinventando el séptimo arte. Y es que la primera sugestión que desprende la película es esa sensación de descubrimiento del gozo del cine, que en buena medida deriva de su transgresor propósito de narrar con deliberado sentido de la empatía las andanzas de un criminal cuyos actos nos vemos contagiados a aprobar en todo momento.

Seguir leyendo

Publicado en Tom Ripley | Etiquetado , , , , , , | 2 comentarios

El inquietante talento de Mr. Ripley (I)

I         II

Imagen emblemática de Alain Delon como el Tom Ripley de A pleno solDe pequeños, nuestros padres, los adultos y la sociedad en general, se esfuerzan en dotarnos de modelos positivos que adoptar para guiarnos por la vida, y las ficciones destinadas a los niños están muy  convenientemente pobladas de todo tipo de héroes y gente noble. Puede suponerse el impacto que para mí constituyó el descubrimiento televisivo de una película francesa titulada A pleno sol (1960), cuyo protagonista era un muchacho simpático y de rostro angelical, con la típica cara de buen chico, que de pronto cometía un crimen terrible y organizaba su vida, sin el menor escrúpulo, mediante la suplantación del asesinado, lo cual acababa enredándolo en nuevos crímenes. Desde entonces, el nombre de Tom Ripley supone para mí (como para tantos otros) la encarnación de esa malsana fascinación que el ser humano siente por la contemplación del mal ajeno, siempre que resulte atractivo. Resulta imposible contemplar esta maravillosa película sin desear, en todo momento, que el joven Ripley se salga con la suya. Hitchcock ya había ensayado antes con la identificación del espectador con un criminal, pero nunca ninguna obra ha llegado, en mi opinión, tan lejos, y menos en nuestros días, en que este tipo de personajes han acabado por convertirse en moneda corriente (y es que cuando la transgresión se convierte en algo cotidiano, deja de ser transgresión). El personaje de Ripley, descubrí después, tenía origen literario, y de hecho es el protagonista de cinco novelas de Patricia Highsmith, la primera de las cuales es la que inspira A pleno sol. Para un amante de las multiplicaciones (nunca miméticas) de una misma historia, la comparación y análisis entre la novela y las dos excelentes películas que ha inspirado —la segunda, que ya recoge el título original del libro, El talento de Mr. Ripley (1999), es complementariamente sugestiva con respecto a la primera— supone una experiencia muy excitante. Porque hay tres versiones de la novela y, por tanto, tres Ripleys.

Seguir leyendo

Publicado en Tom Ripley | Etiquetado , , , , , , | 2 comentarios

Muertos y enterrados o el cuento de los zombis existenciales

Cartel americano de Muertos y enterradosSin la menor duda, La noche de los muertos vivientes (1968), de George A. Romero es el film que cambió para siempre la figura del zombi, dándole desde entonces su iconográfica imagen de monstruo putrefacto y tambaleante, sin más objeto que el de devorar carne humana fresco. Tal estampa echó en el olvido la anterior configuración del zombi, la surgida del original folklore antillano, popularizada tanto por el periodismo sensacionalista como por diversas aportaciones literarias, unas de (presunta) raíz antropológica, otras directamente pulp (las excelentes narraciones de Henry S. Whitehead, por ejemplo, que pueden leerse en Valdemar). Recuérdese que ese origen presenta al zombi como un muerto que, por las prácticas mágicas de un hechicero (masculino o femenino), acaba volviendo a la vida para convertirse en esclavo del demiurgo que lo resucitó. El cine cuenta al menos con una obra maestra que lo recoge: Yo anduve con un zombi (1943), de Jacques Tourneur, pero es significativo que entre este film y el de Romero la temática no diera ningún otro título de interés. Pues bien, cuando ya el zombi romeriano estaba del todo asentado, un film sencillo y modesto, concebido desde la dignidad de la serie B norteamericana, supo regresar a sus orígenes, pero desde una deslumbrante reelaboración conceptual. El resultado se llama Muertos y enterrados (1981), y (sin exageración) constituye uno de los títulos más pesimistas y desoladores que ha ofrecido el cine de terror en toda su historia, un cuento triste que tiene la audacia de combinar la truculencia (si bien tampoco excesiva) propia de la época con una atmósfera construida a base de presagios y sugerencias que, una vez concluida la película, obligan a aceptar que el impactante final podía haber sido adivinado por el espectador casi desde el principio.

Publicado en Raras y singulares | Etiquetado , , , , , | 4 comentarios

Nosferatu, el vampiro romántico

Cartel de Nosferatu, de MurnauParece ser que la primera película en explotar el nombre de Drácula —en su título, que según las noticias su argumento ya tiene poco que ver, cuestión que parece que nunca se podrá comprobar al formar parte del nutrido conjunto de películas silentes perdidas— es una producción húngara del año 1921 titulada Drakula halala (o sea, La muerte de Drácula), dirigida por Karoly Lathjay, y en la que figura como guionista Mihaly Kertesz, rebautizado en Hollywood como Michael Curtiz. Sin embargo, el primer film que parte directamente de la novela de Bram Stoker, y que constituye por lo tanto el debut cinematográfico del genuino Señor de la Noche, es la maravillosa Nosferatu, el vampiro (1922), dirigida por ese genio tristemente fallecido en la plenitud que fue F. W. Murnau. Nosferatu no solo es el único título sobre Drácula que cuenta con el aplauso unánime de la Crítica (y por tanto, merecedor de la etiqueta de obra de arte), sino además un ejemplo especialmente admirable de adaptación cinematográfica que no se contenta con vampirizar (nunca mejor dicho) un original ajeno, sino que, respetando unas líneas básicas, lo transforma, lo retuerce, elige transitar una senda que, sin duda, latía enterrada entre las páginas originales pero que el escritor descartó en beneficio de otras. Y es que, mucho antes de que Francis Ford Coppola y James V. Hart (¡o nuestro Paul Naschy!) pusieran sus manos en el personaje, Nosferatu ya utilizó a la criatura menos romántica que la literatura de terror contempla para dar pie (jugando con el excelente subtítulo original, «una sinfonía del horror») a una inolvidable sinfonía del romanticismo.

Seguir leyendo

Publicado en Dossier Drácula | Etiquetado , , , , , , | 8 comentarios

El thriller histórico-existencial de Ignacio del Valle

Aviso. En el intento de conciliar el deseo de dar a conocer obras que a mí me entusiasman con el propósito de compartir reflexiones con quienes ya las conocen, suelo advertir, hacia el final de los artículos, del desvelamiento de los finales. Ahora bien, puesto que a continuación voy a hablar de varias novelas policiacas (género en el que es imperdonable destripar sus soluciones), y puesto que no quiero renunciar al comentario global sobre aquellas, voy a advertir del spoiler de cada novela acotando los párrafos que los contienen con el siguiente signo: [**]. Creo que, incluso saltándoselos, el artículo mantiene la coherencia, si bien pido indulgencia por las molestias que pueda ocasionar.

Vulgar cartel de la película Silencio en la nieve, basada en El tiempo de los emperadores extrañosEn el año 2011, por desgracia con poca repercusión, se estrenaba en los cines una película española que, como mínimo, merecía atención por lo atractivo de su propuesta: un thriller policiaco ambientado en el seno de la División Azul, en pleno e insensato combate en el frente ruso. Se trataba de Silencio en la nieve, y aunque ciertamente no llegaba a estar a la altura de la magnífica premisa, cuando menos me valió para descubrir que se basaba en una excelente novela titulada El tiempo de los emperadores extraños, obra de un autor para mí entonces desconocido, Ignacio del Valle (el cambio del espléndido título original por el mucho más convencional de la película sirve bien como símbolo de la distancia artística que hay entre el libro y su adaptación). Supuso mi puerta de entrada a las peripecias del personaje titular, llamado Arturo Andrade, desgranadas hasta ahora en cuatro novelas. En ellas, Del Valle combina con gran fortuna dos géneros literarios especialmente de moda (la literatura policiaca y la histórica, en este caso en su ubicación cronológica en el arranque de la dictadura franquista) uniéndolas bajo el abrazo del relato existencial. Y consigue no solo fundir todas estas dimensiones (escapando del mero alarde documental en que incurren otros propósitos similares), sino deparar con su protagonista una creación de gran altura, un personaje complejo, rico, tortuoso, cuya tendencia a la autodestrucción parece verse atraída siempre por el escenario más terrible, ya sea en el orden físico o en el moral (porque, en realidad, para su autor ambos son uno solo). Cuatro novelas, tres espléndidas y una fallida aunque con interés, es el excelente saldo de una saga de la que todavía se esperan fructíferos capítulos.

Seguir leyendo

Publicado en Policiaco, Singulares y españolas | Etiquetado , , , , , , | Deja un comentario

En Homonosapiens: Ray Bradbury y el cuento más bello del mundo

Fotograma de El monstruo de tiempos remotos

El cuento más bello del mundo lo escribió Ray Bradbury

«Un minuto antes era invierno en Ohio». Con esta frase arranca una de las obras de ciencia-ficción más importantes de mi vida: las Crónicas marcianas (1951) de Ray Bradbury. En un viejo artículo del blog ya hablé de la importancia que, al menos para mí, tienen las frases iniciales de un libro a la hora de animar a querer saber más de él. Y en esa frase se encuentra no solo parte de la explicación de por qué, hará muchos años y con pocas posibilidades económicas a la hora de elegir en la librería, lo compré y acto seguido lo devoré, sino también de la particular magia que desprenden las mejores obras de Bradbury. Esto es, una facilidad para captar el lado más lírico de la narración, de tal modo que consigue emparentar la ciencia-ficción con el cuento de hadas: un Hans Christian Andersen que, por nacer un siglo después, hubiera cambiado un género popular por otro. ¿Qué mejor forma de expresar esta cualidad que mediante esa frase inicial de las Crónicas? Alguna vez, en mis clases (son de Historia), cuando advierto que a los alumnos, a esas horas de la mañana, ya les traen sin cuidado los Reyes Católicos, o el feudalismo, o los diversos tipos de agricultura templada, incluso el mismísimo Hitler, por cambiar radicalmente de tercio, les cuento distintas frases iniciales de novelas, y les pido que intenten imaginar qué puede pasar a continuación. Por supuesto, y tratándose del profesor de Sociales quien les habla, esa oración la interpretan en clave geográfica: en relación con el clima o con los husos horarios. De inmediato les doy otra pista: el capítulo que encabeza la frase se titula El verano del cohete. Pero no dan con la clave, tal vez porque la grandeza de Bradbury está en su capacidad para las asociaciones verbales o de imágenes más arriesgadas. Si un minuto antes era invierno en Ohio, es porque el cohete que inicia la exploración de Marte de que luego tratará el libro, con el enorme calor de sus reactores, derrite la nieve y el hielo, obliga a los hombres a quitarse sus ropas de oso, revela de nuevo los prados verdes… Y así, «durante unos instantes, fue verano en la Tierra».

Seguir leyendo

Publicado en Homonosapiens | Etiquetado , , , , | 4 comentarios